domingo, 17 de marzo de 2013

LA VIRGEN NOS INVITA A REZAR EL ROSARIO


LA VIRGEN NOS INVITA A REZAR EL ROSARIO
Algunas de las muchas ocasiones en que nuestra Madre nos invita a rezar el rosario:
EN LOURDES
Es durante el rezo del santo Rosario cuando la Santísima Virgen se le aparece a Bernardita Soubirous, en Lourdes, y lo reza con ella.


La Santísima Virgen se le apareció por primera vez a Bernardita Soubirous, de 14 años, el 11 de Febrero de 1858. El hecho tuvo lugar en la gruta de Masabielle, a orillas del río Gave.

Nos cuenta la propia Bernardita:

-“… Al levantar la cabeza mirando a la gruta vi a una Señora toda vestida de blanco, con un cinturón azul y en cada pie una rosa amarilla del color de la cadena de su rosario; las cuentas de éste eran blancas “.

“…Entonces metí la mano en el bolsillo y saqué el rosario… La Señora tomó el rosario que tenía entre sus manos e hizo la señal de la cruz… Me arrodillé y recé el Rosario en presencia de la hermosa Señora… Ella pasaba las cuentas de su rosario entre sus dedos, pero sin mover los labios. Unicamente al final de cada decena repetía conmigo el Gloria “.

“… La segunda vez fue el domingo siguiente
 ( 14 de Febrero )… Llegadas allí, cogimos cada una el rosario y nos pusimos de rodillas para rezarlo. Apenas terminado el primer misterio, vi a la Señora…”

“…Llegada a la gruta
 ( el 25 de Febrero ) y después de rezar el Rosario, le pregunté su nombre de parte del Señor Párroco… Ella, con los brazos inclinados al suelo, levantó su mirada al cielo y me dijo entonces, juntando las manos a la altura del pecho: -‘ Yo soy la Inmaculada Concepción ‘. El Papa Pío IX había proclamado el dogma de la Concepción Inmaculada de María el 8 de Diciembre de 1854.

La Virgen se le apareció a Bernardita un total de 18 veces. La Virgen le habló a Bernardita en Patois ( dialecto ). Bernardita nació el 7 de Enero de 1844 y murió el 16 de Abril de 1879. Fue canonizada por Pío XI en 1933.

EN FATIMA
En las 6 apariciones de Fátima, la Virgen pidió el rezo diario del Rosario, y en la última se identificó como la Señora del Rosario.

En la primera aparición en Fátima, el 13 de Mayo de 1917, les dice la Virgen a los 3 pastorcitos:

-“ Recen el Rosario cada día para obtener la paz en el mundo y el fin de la guerra “

En la 2a aparición, el 13 de Junio del mismo año, le dice la Virgen a Lucía:

-“ Quiero que reces el Rosario cada día “

En la 3a aparición, el 13 de Julio, la Virgen le recomienda a Lucía:

-“ Yo quiero que continúes rezando el Rosario cada día, en honor de Nuestra Señora del Rosario, para obtener la paz en el mundo y el fin de la guerra, porque sólo Ella puede ayudarte “

El 19 de Agosto, en la 4a aparición, la Virgen le insiste:

-“ Quiero que continúes rezando el Rosario todos los días “

En la 5a aparición, el 13 de Septiembre:

-“ Continúen rezando el Rosario para obtener el fin de la guerra “
 ( la muchedumbre rezaba el Rosario mientras esperaba la aparición ).

En la 6a y última aparición a los 3 pastorcitos, el 13 de Octubre de 1917, les dice la Virgen María:

-“ Yo soy la Señora del Rosario. Continúen siempre rezando el Rosario cada día. La guerra va a su fin y los soldados pronto regresarán a sus casas “.

En Bonata y en Tre Fontane
En 2 lugares de Italia, a una niña y a un padre de familia, la Virgen recomienda el rezo del Rosario, por la conversión de los pecadores.

Del 13 al 31 de Mayo de 1946, Nuestra Señora se le apareció a la niña Adelaida Roncalli, en Bonata, Italia, recomendándole la
 ” recitación ferviente y frecuente del Rosario, con la meditación de los misterios “.

Por su parte, Bruno Cornacchiola, a quien se le apareció la Virgen el 12 de Abril de 1947 en Tre Fontane, ( Roma ), dice:

-“ La Santísima Virgen… recomendó encarecidamente rogar mucho y rezar todos los días el Rosario por la conversión de los pecadores, de los incrédulos y por la unión de los cristianos “.

En Akita, Japón
En el país castigado con 2 bombas atómicas, la Virgen habla del terrible castigo que nos aguarda, y del Rosario, como único remedio eficaz para evitarlo.
En 1973, una imagen de la Santísima Virgen que derramó “ lágrimas humanas “ ( 101 veces ), le habló a la Hermana Agnes Sasagawa, religiosa del Instituto de las Siervas de la Eucaristía, en Akita, Japón. El 13 de Octubre, en el tercer mensaje, la voz procedente de la imagen “ resplandeciente con una luz deslumbrante “, le dijo:
-“ Como ya lo había anunciado anteriormente, si los hombres no se convierten el Padre dejará caer sobre toda la raza humana un gran castigo. Sin duda alguna será un castigo terrible, como jamás se ha visto. El fuego caerá del cielo. Por este castigo una gran parte de la Humanidad será aniquilada. Morirán por igual los sacerdotes y los fieles. Los hombres que sean perdonados y exceptuados tendrán grandes sufrimientos y desolación tal que envidiarán a los que estén muertos. La única arma que queda es el Rosario, y el signo dejado por mi Hijo. Cada día recen el Rosario por el Papa, los Obispos y los sacerdotes “.

-“ El demonio se filtra hasta en el interior de la Iglesia. Se levantarán Cardenales contra Cardenales, Obispos contra Obispos,… Recen mucho el Rosario. Sólo Yo puedo salvarlos de la desgracia anunciada. El que me presta su plena confianza será salvado “.

En Cuapa, Nicaragua
El rezo del Santo Rosario en Nicaragua influyó en forma determinante para que este país centroamericano recobrara su libertad y la paz.

Desde el 8 de Mayo de 1980, la Santísima Virgen se le apareció en 6 ocasiones a Bernardo Martínez, campesino, sacristán de la iglesia de Cuapa, Nicaragua. Posteriormente, él se recluyó en un seminario, trabajando como jardinero. Los sandinistas le ofrecieron tierras y casas a cambio de que negara las apariciones; posteriormente, ante su negación, lo amenazaron.

En la primera aparición, a la pregunta de Bernardo: - “ ¿ Qué quiere ? “, la Santísima Virgen le respondió:

-“ Que recen el Rosario no sólo en Mayo, sino siempre… Recen el Rosario meditando… Si rezan el Rosario, habrá paz “.

En Monte Umbe y en Garabandal
En 2 poblaciones de España, en sendas apariciones, la Virgen rezó el Rosario con las videntes, enseñándoles a rezarlo adecuadamente.

En
 Monte Umbe, Vizcaya, al aparecérsele a Felisa Sistiaga Orozco el 25 de Marzo de 1941, ” La Virgen llevaba un rosario enrollado en su muñeca,… un rosario de 15 misterios “, y el 24 de Diciembre de 1970 la Virgen se apareció y rezó el Rosario con Felisa y su familia.

En su diario, Conchita González, vidente de
 Garabandal, España, anota el domingo 2 de Julio de 1982:

-“ Ese día hablamos mucho con la Virgen, y Ella con nosotras… Rezamos el Rosario viéndola a Ella y Ella rezaba con nosotras para enseñarnos a rezarlo bien…”

Padre Gobbi, cita sobre sus locuciones marianas.

La Virgen misma nos ha ilustrado muchísimo acerca del Santo Rosario, a través del Padre Gobbi.

-“ No se asombren si en esta batalla caen los que no han querido o no han sabido usar el arma que Yo misma les he dado: la oración sencilla, humilde y mía del Santo Rosario. Es oración sencilla y humilde y, por lo tanto, es la más eficaz para combatir a Satanás, que hoy los seduce, sobre todo, con el orgullo y la soberbia “ ( 28 de Mayo de 1976 ).

” Nunca dejen el rezo del Santo Rosario, esta oración que Yo quiero con predilección y que he venido del Cielo a pedirles. Yo les he enseñado a rezarlo bien, haciendo pasar entre mis dedos las cuentas del rosario, mientras me unía a la oración de aquella pequeña hija mía a la que me aparecí en la Gruta de Masabielle “.

“ Cuando rezan el Rosario me invitan a orar con ustedes y Yo, cada vez que lo hacen, me uno verdaderamente a su oración. Así, ustedes son los pequeños hijos que rezan en torno a la Madre Celestial. Por ello, el Santo Rosario es el arma más poderosa que pueden usar en la terrible batalla que están llamados a librar contra Satanás y su ejército del mal “ ( 11 de Febrero de 1978, aniversario de la aparición de la Virgen en Lourdes ).

” Con la oración… podrán liberar un número inmenso de almas que Satanás ha logrado hacer prisioneras. La oración es una fuerza poderosa y suscita en el bien reacciones en cadena más fuertes que las reacciones atómicas “.

“ La oración que Yo prefiero es el Santo Rosario. Por eso en mis numerosas apariciones, Yo siempre invito a rezarlo, me uno a los que lo rezan, lo pido a todos con ansia y preocupación maternal “.

“ ¿ Por qué el Santo Rosario es tan eficaz ? Porque es una oración sencilla, humilde, y los forma espiritualmente en la pequeñez, en la mansedumbre, en la sencillez del corazón “.

“ Hoy, Satanás logra conquistarlo todo con el espíritu de soberbia y de rebelión contra Dios, y les tiene terror a todos los que siguen a su Madre Celestial en el camino de la pequeñez y de la humildad “.

“ La soberbia de Satanás volverá a ser vencida por la humildad de los pequeños, y el Dragón rojo se sentirá definitivamente humillado y derrotado, cuando Yo lo ate, no con una gruesa cadena, sino con una cuerda fragilísima: la del Santo Rosario “ ( Fort Lauderdale, Florida, 7 de Octubre de 1983 ).

” Ustedes me veneran como la Virgen del Santo Rosario. El Rosario es mi oración, es la oración que Yo vine a pedirles desde el Cielo, porque es el arma que deben usar en estos tiempos de la gran batalla y es el signo de mi victoria segura “.

“… La cadena con la cual el gran Dragón debe ser atado es formada por la oración hecha conmigo y por mi medio. Esta oración es el Santo Rosario… La cadena del Santo Rosario tiene ante todo la tarea de limitar la acción de mi adversario “.

“ Cada Rosario que ustedes rezan conmigo tiene el efecto de reducir la acción del Maligno, de sustraer las almas de su influencia maléfica… La cadena del Santo Rosario tiene también el efecto de encadenar a Satanás, es decir, de hacer impotente su acción y de disminuir y debilitar cada vez más la fuerza de su poder diabólico. Por esto cada Rosario bien rezado es un duro golpe infligido al poder del mal, es una parte de su reino que es destruída. La cadena del Santo Rosario logra finalmente hacer a Satanás totalmente inofensivo “( Blumenfeld, Alemania, 7 de Octubre de 1992 ).

” El Rosario, que ustedes rezan, tiene una potencia fuertísima contra el mal y las numerosas seducciones de mi adversario “.

“ Al dominio de Satanás que se extiende, a la esclavitud del pecado que somete a tantos de mis hijos, al mal que pone su veneno en los corazones, a las insidias del Maligno que se vuelven engañosas y peligrosas, a la fuerza potente de la masonería que logra insinuarse dondequiera, al culto satánico que se difunde, respondan con la oración del Santo Rosario. Esta es mi oración, es su oración “ ( Roma, 1o de Mayo de 1994 ).
 

En Fátima Dios viene al encuentro de los hombres


       En Fátima Dios viene al encuentro de los hombres de este siglo y de los siglos futuros, con el ansia de salvarlos, pero respeta su libertad. El modelo de vida de los cristianos de hoy; lo encontramos en los primeros cristianos que tuvieron que enfrentarse con un ambiente pagano, no sólo indiferente, sino  hostil al mensaje evangélico. No es mejor el ambiente de la sociedad actual. << La Señora del Mensaje>> como la llama Juan Pablo II, ha sabido interpretar muy bien los <>. La conversión pedida en Fátima reclama hombres y mujeres que <> a Dios con el testimonio de su vida. Es necesario anunciar a Dios desde los tejados del mundo. ¡Pero eso no basta! Es necesario dar testimonio de Dios que se reveló en la persona de Jesucristo, <>. <> dijo el Señor resucitado antes de partir hacia el Padre. Si los hombres de hoy sólo creen en lo que es objeto de una experiencia sensorial, es  urgente que los cristianos hagan la experiencia de Cristo de tal modo que puedan decir verdaderamente: quien me ve , ve a Cristo. Tenemos que ser otro Cristo, el mismo Cristo. Se trata de dar a los hombres de hoy argumentos que acepten. Es verdad que Cristo no está muerto, porque le vemos en la vida de los cristianos. Los hombres pueden continuar cerrando los ojos a la luz , como lo hicieron muchos contemporáneos de Cristo, pero nosotros habremos respondido al mensaje que, visto en su conjunto, es un grito de santidad.
 El hecho de que se vive una crisis de fe en el seno de la propia Iglesia es una realidad dolorosa que me desgarra el alma. Se niegan radicalmente verdades que siempre formaron parte del depósito de la fe de la Iglesia y que el mensaje de Fátima nos vinos a recordar; de forma clara. No hay casi ningún artículo del Credo que no haya sido reafirmado en el mensaje de Fátima.
                               FRANCISCO ANSÓN
(Fátima su historia maravillosa, p.252, 253. Wilhelm hünerermann)

viernes, 15 de marzo de 2013

6-“Y SUBIÓ AL CIELO, Y ESTÁ SENTADO A LA DERECHA DEL PADRE”.


Proclamar que Jesucristo ha resucitado y ha vencido a la muerte es la gran proclamación de la gran victoria de Dios sobre la injusticia y sobre la muerte. Esta victoria nos muestra en toda su profundidad la realidad de la persona de Jesucristo.

                   Él no es solo el gran héroe, el inocente condenado injustamente, el ejemplo que asume todas las injusticias y sufrimientos que hay en nuestro mundo, sino que es, por encima de todo, la manifestación de Dios mismo al lado del perseguido, del explotado, del torturado, del que sufre. En una palabra, la proximidad plena de Dios al lado de la humanidad.

                   Por eso, en la resurrección de Jesús, el cielo y la tierra se tocan: Dios se sumerge plenamente en nuestra humanidad y nuestra humanidad penetra en el cielo.

                   El concilio de Calcedonia, en el siglo V, lo expresó diciendo: “que Jesús era plenamente hombre y plenamente Dios”. El Nuevo Testamento lo dice con la expresión: “sentado a la derecha de Dios”, que recoge la expresión del salmo 110 que la Iglesia reza cada domingo por la tarde:

                   <
                   “Siéntate a mi derecha,
                   y haré de tus enemigos
                   estrado de tus pies”>>.
                                                                                                (Sal 110,1).

                   Igualmente el libro de los Hechos de los Apóstoles dice del primer mártir cristiano, san Estaban, que antes de morir:

                   <>.
                                                                                          (Hch 7, 55-56).

                   De esta manera se comprueba que la meta del camino de Jesús, su misión, no es conducir a sus discípulos a un paraíso terrenal, a una tierra que mana leche y miel, o a un estado de silencio interior, o a un camino sin fin, sino a la comunión plena con Dios.

                   La carta a los Hebreos lo expresa mediante la imagen del gran sacerdote judío que entraba en el santuario de Jerusalén una sola vez al año: Jesucristo con su muerte y resurrección:

                   “Pues bien, Cristo no entró en un santuario hecho por mano humana, en una reproducción del verdadero, sino en el mismo cielo, para presentarse ahora ante el acatamiento de Dios a favor nuestro”.
                                                                                                  (Hbr 9,24)

                   Por tanto la expresión “a la derecha del Padre” es una imagen que designa la gloria de Jesucristo como Hijo de Dios, en su intimidad con el Padre.

                   Podemos levantar, por tanto, nuestra mirada y fijar nuestros ojos en la meta hacia la cual caminamos. Podemos avanzar confiados, porque la fe nos lleva donde Jesucristo “ha querido precedernos como cabeza nuestra”, como dice el prefacio de la solemnidad de la Ascensión.

                   Allí, a la derecha del Padre, es donde se encuentra Jesucristo, que ora e intercede por nosotros. A su oración nos unimos, cuando nos atrevemos a decir:

                   Padre nuestro, que estás en el cielo,
                   santificado sea tu Nombre,
                   venga a nosotros tu reino,
                   hágase tu voluntad
                   en la tierra como en el cielo.

                   Danos hoy nuestro pan de cada día,
                   perdona nuestras ofensas
                   como también nosotros perdonamos
                   a los que nos ofenden,
                   no nos dejes caer en tentación
                   y líbranos del mal.
                   Amén.

Ver completo:
http://dvtfatima.blogspot.com.es/p/introduccion.html


martes, 12 de marzo de 2013

1948, 15 de julio.

El verano malagueño se vio alterado por un acontecimiento que congregó en las calles a decenas de miles de personas. El motivo no fue otro que la presencia de la Virgen de Fátima. La imagen llegó al puerto a bordo del cañonero 'Cánovas del Castillo'. Era el 15 de julio de 1948. El acto estuvo presidido por el obispo de la diócesis, Ángel Herrera Oria; el gobernador civil accidental, Baltasar Peña Hinojosa, y el alcalde accidental, Carlos Loring. Tras el desembarco, la Virgen de Fátima recorrió las calles, entre flores, el fervor popular y la suelta de palomas, camino de la Catedral, donde fue velada durante toda la noche.
Al día siguiente se ofició en el paseo del Parque una misa de impedidos a la que asistieron 2.000 enfermos. Varios de ellos tuvieron que ser asistidos por médicos, puesto que aseguraban que habían experimentado una gran mejoría gracias a la presencia de la Virgen. Según se recoge en la prensa de la época, el sacerdote José González Moreno, de 76 años, se curó de forma 'milagrosa' después de haber permanecido ocho años en una silla de ruedas a causa de una esclerosis múltiple. Testimonios de personas que vieron el hecho indicaron que el religioso se puso en pie y empezó a caminar cuando la imagen pasó junto a él durante una visita a la parroquia de San Juan. 

Estás en: SUR.es>Noticias Málaga>Noticias Málaga>La 'gran misión' de la Virgen de Fátima



Recibimiento apoteósico.
La Virgen de Fátima llegó ayer a Málaga, entre el estruendo marcial de las salvas del cañonero que la trajo, el saludo de las sirenas y el clamor de la multitud. Fue un  recibimiento apoteósico digno de esta Virgen viajera, que lleva a las multitudes el consuelo de su visita, constelada de un cortejo de lágrimas. Málaga la ha recibido con el fervor mimo que otras poblaciones españolas.
Hemos visto la emoción reflejada en rostros rudos, atezado, al contemplar la pequeña imagen, porque la fe ha removido los fondos más escondidos de todo corazón y de toda conciencia. En estas horas miles de enfermos dirigen sus miradas suplicantes a la madre Blanca: miles de cuerpos lacerados por todas las dolencias y todos los martirios de la carne, aguardan ser tocados de la divina gracia. Enfermos de aquí de la cuidad; enfermos de la provincia es inacabables caravanas de dolor, pero guiados por una fe luminosa esperan a postrarse delante de la Virgen de Fátima, por si Dios es servido de hacer con ellos, por la intercesión de la Virgen, un milagro que alivie o cure sus males. No sería el primero que hiciese en Málaga, donde ya hace años un pequeño curó gracias al agua de Fátima.
Pero el gran milagro, el milagro que todos nosotros hemos visto ayer, ha sido la de esa prodigiosa remoción de la fe de todo un pueblo, que ha aguardado en el puerto y en las calles a la imagen, para hacerle ofrenda de su entusiasmo y de su fervor. Milagro ha sido la vibración unánime, compacta; las aclamaciones que lanzaban todas las gargantas, la emoción reflejada en todos los semblantes y el rezo del gentío y el volar de las palomas en la tarde malagueña y el voltear de los sonoros bronces… porque ha sido un concierto armonioso sin ningún fallo; la expresión rotunda, clara, enardecida, de todo un pueblo postrado a los pies de la Virgen de la Cova de Iria, mensajera de la paz dulcificadora de males, pañuelo de lágrimas, diana de súplicas, amparadora de peticiones y madre de afligidos. Málaga la ha recibido en apoteosis y ya el primer milagro de fervor y enardecimiento está logrado por la gracia de su dulzura.
(Noticia del periódico de la época)





jueves, 28 de febrero de 2013

“Y RESUCITÓ AL TERCER DÍA, SEGÚN LAS ESCRITURAS”.


¡Jesucristo Ha resucitado!”.

                   Este es el gran anuncio de nuestra fe y la gran experiencia salvadora. Hasta el punto que Pablo dice:

                   “Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también vuestra fe”.
                                                                                             (1 Cor 15,14)

                   No se trata de una afirmación del pasado, ni de una simple afirmación sabre Jesús después de su muerte.

                   Si Cristo no ha resucitado, entonces toda su predicación y su ejemplo no es sino la palabra y la acción de un gran maestro espiritual, nada más.

                   Si Cristo no ha resucitado, entonces Él no está entre nosotros, acompañándonos, dándonos la fuerza de su Santo Espíritu.

                   Si Cristo no ha resucitado, la muerte continúa siendo la última palabra.

                   Si Cristo no ha resucitado, entonces no somos hijos de Dios, en el sentido fuerte de la palabra. Y, por tanto, tampoco somos plenamente hermanos.

                   Si Cristo no ha resucitado, entonces tampoco, después de la muerte, nosotros participaremos de su resurrección. Y como dice Pablo:

                   “Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos”.
                                                                                          (1 Cor 15, 32b)

                   De la misma manera que para el creyente, la afirmación de la muerte de Jesucristo es inseparable de la confesión de su resurrección, así también la confesión de su resurrección es inseparable de la experiencia de su Santo Espíritu, la experiencia de Cristo resucitado.

                   Por eso el Viernes Santo no hay celebración de la Eucaristía, hasta que no llega la gran celebración de la resurrección de Jesucristo con la celebración de la Vigilia Pascual. Y la celebración de la Pascua se alargará cincuenta días, hasta el domingo de Pentecostés, celebración de la donación del Espíritu Santo sobre todos los discípulos y nacimiento de la Iglesia.

                   La muerte de Jesús es una muerte salvadora, porque va seguida del don de la resurrección. Esto es lo que expresa con un lenguaje muy oriental el Símbolo de los Apóstoles cuando dice:

                   “Descendió a los infiernos”.

                   Aquí la expresión “a los infiernos” está indicando “lo profundo de la tierra”, como símbolo del Sheol o Hades judío, es decir, del reino de la muerte. Jesucristo se sumerge en el reino de la muerte para romper sus cadenas y liberar a la humanidad.

                   Esto es lo que expresan los iconos de la resurrección de Jesús en la iglesias orientales, que presentan a Jesucristo sacando del reino de la muerte a Adán y Eva, es decir, venciendo a la muerte y llamando a la vida eterna a todos.

                   Sí, no tengamos miedo. No estamos yendo detrás de un Jesús crucificado. Él no se ha quedado cogido por las cadenas de la muerte, tal como nos lo dijo. Éste el gran anuncio, la gran experiencia, que nos ha sido transmitida por las primeras comunidades, por los apóstoles.

                   No busquemos una demostración, una prueba palpable. Fijémonos que los Evangelios presentan la experiencia del Resucitado solamente a aquellos que creen. No es que la fe construya la resurrección, sino al revés, la manifestación de la resurrección abre los ojos a la fe:

                   <<Asustadas, inclinaron el rostro a tierra, pero les dejaron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?. No está aquí, ha resucitado. Recordad cómo os habló cuando estaba todavía en Galilea, diciendo: Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado, pero al tercer día resucitará”. Y ellas recordaron sus palabras>>.
                                                                                                (Lc 24, 5-8)

                   La muestra de la resurrección es la expresión de la fe, la experiencia de la alegría, la experiencia del amor. Los apóstoles decían a Tomás:

                   “Hemos visto al Señor”
                                                                                                 (Jn 20,24a)

                   Este es el gran don de la resurrección. Jesucristo ha muerto en la Cruz y ha resucitado.

Última catequesis del papa Benedicto XVI Ciudad del Vaticano, 27 de febrero de 2013


''No abandono la cruz, sino que permanezco de un modo nuevo ante el Señor Crucificado''

Última catequesis del papa Benedicto XVI

Ciudad del Vaticano, 27 de febrero de 2013

 

 

 



Esta mañana, a las 10 de la mañana, la plaza de San Pedro y aledaños ya estaba repleta. A las 10,30 pasadas, el papa Benedicto XVI entró en el papamóvil y recorrió los pasillos abiertos entre los fieles y peregrinos asistentes de muchos países. Estaban también cardenales y obispos,  la Curia Romana, el Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede, los sacerdotes, párrocos y seminaristas de la diócesis de Roma, los empleados vaticanos, peregrinos y fieles de Roma, de Italia y de muchos países. Ofrecemos las palabras de la última audiencia general del pontífice.
*****
Venerados hermanos en el episcopado y presbiterado
Distinguidas autoridades
¡Queridos hermanos y hermanas!
Muchas gracias por haber venido tantos en esta última audiencia general de mi pontificado.
Como el apóstol Pablo en el texto bíblico que hemos escuchado, también yo siento en mi corazón la necesidad de agradecer sobre todo a Dios, que guía y hace crecer a la Iglesia, que siembra su palabra y así alimenta la fe de su pueblo.
En este momento mi ánimo se extiende, por así decir, para abrazar a toda la Iglesia difundida en el mundo y doy gracias a Dios por las 'noticias' que en estos años de ministerio petrino he podido recibir sobre la fe en el Señor Jesucristo, de la caridad que circula en el Cuerpo de la Iglesia y lo hace vivir en el amor, y de la esperanza que se nos abre y nos orienta hacia la vida en su plenitud, hacia la patria del Cielo.
Siento que les tendré presentes a todos en la oración, en un presente que es aquel de Dios, donde recojo cada encuentro, cada viaje, cada visita pastoral. Todo y a todos les recojo en la oración para confiarlos al Señor: para que tengamos pleno conocimiento de su voluntad, con cada acto de su sabiduría e inteligencia espiritual, y para que podamos comportarnos de manera digna de Él, de su amor, haciendo fructificar cada obra buena. (cfr. Col 1,9).
En este momento hay en mí una gran confianza porque sé, y lo sabemos todos nosotros, que la palabra de verdad, la palabra del evangelio es la fuerza de la Iglesia, es su vida. El evangelio purifica y renueva, produce fruto en cualquier lugar donde la comunidad de los creyentes lo escucha, acoge la gracia de Dios en la verdad y vive en la caridad. Esta es mi confianza, esta es mi alegría.
Cuando el 19 de abril de hace casi ocho años decidí asumir el ministerio de Pedro, tuve firmemente esta certeza que siempre me ha acompañado. En aquel momento, como expliqué en diversas oportunidades, las palabras que resonaron en mi corazón fueron: ¿Señor por qué pides esto, y qué es lo que me pides? Es un peso grande el que me pones sobre los hombros, pero si Tú me lo pides, en tu nombre echaré las redes, seguro de que Tú me guiarás, incluso con todas mis debilidades.
Y el Señor verdaderamente me ha guiado y me ha estado cerca. He podido percibir cotidianamente su presencia. Y fue un tramo del camino de la Iglesia que tuvo momentos de alegría y de luz, y también momentos no fáciles. Me he sentido como san Pedro con los apóstoles en la barca en el lago de Galilea. El Señor nos ha donado tantos días de sol y de brisa suave, días en los que la pesca fue abundante. Existieron también momentos en los cuales las aguas estaban agitadas y el viento era contrario, como en toda la historia de la Iglesia, y el Señor parecía dormir.
Pero siempre he sabido que en esta barca estaba el Señor y siempre he sabido que la barca de la Iglesia no es mía, no es nuestra, sino que es suya y no la deja hundirse. Es Él quien la conduce, seguramente también a través de los hombres que ha elegido, porque así lo ha querido. Esta fue y es una certeza que nada puede ofuscar. Y por esto hoy mi corazón está lleno de agradecimiento a Dios porque no le ha hecho faltar nunca a toda la Iglesia ni a mí, su consolación, su luz y su amor.
Estamos en el Año de la Fe, que he querido convocar para reforzar justamente nuestra fe en Dios, en un contexto que parece querer ponerlo cada vez más en segundo plano. Querría invitar a todos a renovar la firme confianza en el Señor, a confiarse como niños en los brazos del Dios, con la seguridad de que aquellos brazos nos sostienen siempre y son lo que nos permite caminar cada día cuando estamos cansados.
Querría que cada uno se sintiera amado por aquel Dios que ha donado a su Hijo por nosotros y que nos ha mostrado su amor sin límites. Querría que cada uno sintiera la alegría de ser cristiano. En una hermosa oración que se reza cotidianamente por la mañana se dice: “Te adoro, Dios mío, y te amo con todo el corazón. Te agradezco por haberme creado, hecho cristiano...” Sí, agradezcamos al Señor por esto cada día, con la oración y con una vida cristiana coherente. ¡Dios nos ama y espera que nosotros también lo amemos!
Y no solamente a Dios quiero agradecerle en este momento. Un papa no está solo cuando guía la barca de Pedro, mismo si es su primera responsabilidad. Yo nunca me he sentido solo al llevar la alegría y el peso del ministerio petrino. El Señor me ha puesto al lado a tantas personas que con generosidad y amor de Dios y a la Iglesia me ayudaron y me estuvieron cerca.
Sobre todo ustedes, queridos hermanos cardenales; vuestra sabiduría, vuestros consejos, vuestra amistad me han sido preciosos. Mis colaboradores a partir del secretario de Estado que me ha acompañado con fidelidad durante estos años, la Secretaría de Estado y la Curia Romana, como todos aquellos que en los varios sectores dan sus servicios a la Santa Sede.
Hay además tantos rostros que no aparecen, que se quedan en la sombra, pero justamente en el silencio, en la dedicación cotidiana, con espíritu de fe y humildad fueron para mí un apoyo seguro y confiable.
¡Un pensamiento especial va a la Iglesia de Roma, a mi diócesis! No puedo olvidar a mis hermanos en el episcopado y en el presbiterado, a las personas consagradas y a todo el pueblo de Dios. En las visitas pastorales, en los encuentros, en las audiencias, en los viajes, he siempre percibido gran atención y profundo afecto. Pero también yo les he querido bien a todos y a cada uno, sin distinciones, con aquella caridad pastoral que está en el corazón de cada Pastor, especialmente del obispo de Roma, del sucesor del apóstol Pedro. Cada día les he tenido presente, cada día en mi oración, con corazón de padre.
Querría que mi saludo y mi agradecimiento llegara también a todos: el corazón de un papa se extiende al mundo entero. Y querría expresar mi gratitud al cuerpo diplomático acreditado en la Santa Sede, que vuelve presente la gran familia de Naciones.
Aquí pienso también en todos aquellos que trabajan para una buena comunicación y a quienes agradezco por su importante servicio.
A este punto quiero agradecer, verdaderamente y de corazón, a todas las numerosas personas en todo el mundo que en las últimas semanas me han enviado signos conmovedores de atención, de amistad y de oración. Sí porque el papa no está nunca solo y ahora lo experimento nuevamente en una manera tan grande, que me toca el corazón.
El papa le pertenece a todos, y tantas personas se sienten muy cerca de él. Es verdad que recibo cartas de los grandes del mundo: jefes de Estado, jefes religiosos, de los representantes del mundo de la cultura, etc.
Pero recibo también muchísimas cartas de personas simples que me escriben simplemente desde su corazón y me hacen sentir el afecto que nace del su estar junto a Jesucristo en Iglesia. Estas personas no me escriben como se escribe por ejemplo a un príncipe o a un grande que no se conoce. Me escriben como hermanos y hermanas, o como hijos o hijas, con el sentido de una relación familiar muy afectuosa.
Aquí se puede tocar con la mano lo que es la Iglesia: no una organización, no una asociación con fines religiosos o humanitarios, sino un cuerpo vivo, una comunión de hermanos y hermanas en el cuerpo de Jesucristo, que nos une a todos. Sentir a la Iglesia de esta manera y poder casi tocar con las manos la fuerza de su verdad y de su amor es un motivo de alegría, en un tiempo en el cual tantos hablan de su ocaso.
En estos últimos meses he sentido que mis fuerzas han disminuido, y he pedido a Dios, con insistencia, en la oración, que me ilumine con su luz para hacerme tomar la decisión más justa, no para mi bien, sino para el bien de la Iglesia. He llevado a cabo este paso con plena conciencia de su gran gravedad y también novedad, pero también con una profunda serenidad de ánimo. Amar a la Iglesia significa también tener el coraje de hacer elecciones difíciles, sufridas y poniendo siempre delante el bien de la Iglesia y no a nosotros mismos.
Permítanme volver aquí una vez más al 19 de abril de 2005. La gravedad de la decisión fue precisamente por el hecho de que a partir de ese momento en adelante, yo estaba empeñado siempre y para siempre por el Señor. Siempre: quien asume el ministerio petrino ya no tiene ninguna privacidad. Pertenece siempre y totalmente a todos, a toda la Iglesia. A su vida le viene, por así decir, totalmente quitada la esfera privada.
He podido experimentar, y lo experimento precisamente ahora, que uno recibe la vida propiamente cuando la da. Dije antes que una gran cantidad de gente que ama el Señor, aman también al Sucesor de san Pedro y tienen un alto aprecio por él; y que el Papa tiene verdaderamente hermanos y hermanas, hijos e hijas de todo el mundo, y que se siente seguro en el abrazo de su comunión; porque él no se pertenece más a sí mismo, pertenece a todos y todos le pertenecen.
El "siempre" es también un "para siempre", no es más un retorno a lo privado. Mi decisión de renunciar al ejercicio activo del ministerio, no revoca esto. No regreso a la vida privada, a una vida de viajes, reuniones, recepciones, conferencias, etcétera. No abandono la cruz, sino que permanezco de un modo nuevo ante el Señor Crucificado. No llevo más la potestad del oficio para el gobierno de la Iglesia, sino en el servicio de la oración; permanezco, por así decirlo, en el recinto de san Pedro. San Benito, cuyo nombre porto como papa, me será de gran ejemplo en esto. Él nos ha mostrado el camino para una vida que, activa o pasiva, pertenece por entero a la obra de Dios.
También doy las gracias a todos y cada uno por su respeto y la comprensión con la que han acogido esta importante decisión. Voy a seguir acompañando el camino de la Iglesia mediante la oración y la reflexión, con la dedicación al Señor y a su Esposa, que traté de vivir hasta ahora todos los días y que quiero vivir para siempre. Les pido que me recuerden delante de Dios, y sobre todo que oren por los cardenales, que son llamados a una tarea tan importante, y por el nuevo sucesor del apóstol Pedro: que el Señor lo acompañe con la luz y el poder de su Espíritu.
Invoco la intercesión maternal de la Virgen María, Madre de Dios y de la Iglesia, para que nos acompañe a cada uno de nosotros y a toda la comunidad eclesial; a Ella nos acogemos, con profunda confianza.
¡Queridos amigos y amigas! Dios guía a su Iglesia, la sostiene siempre, y especialmente en los tiempos difíciles. Nunca perdamos esta visión de fe, que es la única visión verdadera del camino de la Iglesia y del mundo. En nuestro corazón, en el corazón de cada uno de ustedes, que exista siempre la certeza gozosa de que el Señor está cerca, que no nos abandona, que está cerca de nosotros y nos envuelve con su amor. ¡Gracias!
Asimismo, doy gracias a Dios por sus dones, y también a tantas personas que, con generosidad y amor a la Iglesia, me han ayudado en estos años con espíritu de fe y humildad. Agradezco a todos el respeto y la comprensión con la que han acogido esta decisión importante, que he tomado con plena libertad. Desde que asumí el ministerio petrino en el nombre del Señor he servido a su Iglesia con la certeza de que es Él quien me ha guiado. Sé también que la barca de la Iglesia es suya, y que Él la conduce por medio de hombres. Mi corazón está colmado de gratitud porque nunca ha faltado a la Iglesia su luz. En este Año de la Fe invito a todos a renovar la firme confianza en Dios, con la seguridad de que Él nos sostiene y nos ama, y así todos sientan la alegría de ser cristianos.
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y de los países latinoamericanos, que hoy han querido acompañarme. Os suplico que os acordéis de mí en vuestra oración y que sigáis pidiendo por los Señores Cardenales, llamados a la delicada tarea de elegir a un nuevo Sucesor en la Cátedra del apóstol Pedro. Imploremos todos la amorosa protección de la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia.
Muchas gracias. Que Dios os bendiga.


miércoles, 27 de febrero de 2013

El Rosario de las Flores.


El Rosario de las Flores.

Reina de consolación, alegría y gozo nuestro
Danos gracia y perfección para que con devoción
Declare el rosario vuestro.

En vuestro rosario santo florecieron quince rosas.
Cinco fuero gozosas y cinco de pena y llanto y
Las otras cinco gloriosas.

La primera fue gozosa cuando el verbo se encarnó,
La otra segunda rosa fue cuando Isabel gozosa en su misma casa ungió,
La tercera que en Belén quedando Virgen pariste y
La cuarta fue también cuando Cristo, Sumo Bien, en el templo lo ofreciste,
La quinta que entre doctores lo hallaste el tercer día,
Y aquí acaban las flores, cogieron más alegría y empiezan las de dolores.

La primera que sudó sangre el señor en el huerto
La segunda que sufrió azotes con que fue abierto y su sangre derramó,
La tercera que sufrió ser de espinas coronado y
La cuarta condenó Pilato  a Cristo mandó que muriera crucificado
Y la quinta que por nos espiró Cristo enclavado,
Y aquí las cinco acabaron y por dar un con sabor las cinco de gloria entraron.

La primera fue aquel día en que Cristo resucitó
La segunda que subió al cielo y a su diestra se sentó.
La tercera que bajó del cielo su santo espíritu al suelo
Y la cuarta coloco Dios en el reino del  cielo
Y la quinta lo corono.

Después que se coronó la emperatriz de los cielos a la tierra se bajó
Con un rosario en la mano y a Santo Domingo habló.

A Domingo apareciste con muy entero contento y las cuentas le leíste lo mismo que yo te las cuento, diciendo: Domingo amado solo por darte bajé este rosario sagrado de quince rosas cercado que fue las que te conté.

A quien devoción tuviera, este rosario sagrado y devoto me rezara, lo tendré siempre a mi lado y a la hora de la muerte del enemigo salvado. En esto que yo te digo en mi nombre confiaras diré a mi hijo que perdone tus maldades que de gloria te corone le suplicaré también y que seas acompañado de los ángeles amen, Salve.

Salve pura maravilla
Salve clavel encanado
Salve jazmín blanqueado
Salve nardo que mas brilla
Salve estrella noche y día
Salve fin, salve María
María que es bella Aurora
María que es gran Señora
María hija del Padre
María del hijo Madre
María mística Rosa
María del amor Esposa

Jesús que nombre tan tierno
Jesús que tiembla el infierno.

Este rosario que hemos rezado se lo ofrecemos a la Santísima Virgen que es Reina Pastora para que nos guarde y nos libre hasta el fin de nuestra hora, AMEN.

jueves, 21 de febrero de 2013

4.- “Y POR NUESTRA CAUSA FUE CRUCIFICADO EN TIEMPOS DE PONCIO PILATO; PADECIÓ Y FUE SEPULTADO”


Toda la vida de Jesús fue una entrega de amor a las personas que tenía a su alrededor y a toda la humanidad, y a una continua común-unión con Dios Padre en la oración y en la intimidad del corazón.

                   De la vida de Jesús lo que sabemos de una forma bien segura es su muerte en la Cruz, en tiempos del gobernador romano Poncio Pilato. Esto lo recogen no sólo los cuatro Evangelios, sino también las profesiones de fe más conocidas.

                   No deja de ser importante subrayar que la muerte de Jesús, crucificado, bajo Poncio Pilato, se encuentra también documentada en el historiador judío Flavio Josefo, de finales del siglo I y en el historiador romano Tácito, de principios del siglo II. Precisamente el año 1.961 se encontró en Cesarea Marítima, ciudad de Palestina donde estuvo situada la sede del gobernador romano en tiempos de Jesús una inscripción que decía en latín: “Poncio Pilato, prefecto de Judea”. Se sabe que Poncio Pilato fue gobernador de Judea desde el año 26 hasta el año 36.

                   La muerte de Jesús en la Cruz fue la consecuencia de toda su vida. Si abrimos los Evangelios vemos a Jesús predicando la proximidad del Reino de Dios, expresión del amor de Dios, que se acerca a la humanidad para liberarla de la injusticia; de la falta de solidaridad y de la lejanía de Dios. Por eso la gente se asombraba:

                   “Llegan a Cafarnaún. Al llegar el sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Y quedaban asombrados de su doctrina porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas”.
                                                                                             (Mc 1, 21-22)

                   Encontramos también a Jesús cerca de los marginados y de los enfermos. Los episodios que recogen los Evangelios no son casos puntuales, sino todo lo contrario, imágenes de lo que Jesús era. Cuando la Ley mandaba que los leprosos viviesen en las afueras de las poblaciones y gritando, para que ninguno se acercase a ellos, Jesús acoge a los leprosos, va a casa de los publicanos y pecadores, defiende a la mujer condenada a muerte.

                   De tal forma que ante Jesús hasta los ciegos ven, los sordos oyen y los muertos resucitan. Jesús indica así su criterio de actuación:

                   <>.
                                                                                           (Mt 20, 24-28)

                   Por esto cuando el Evangelio de san Juan empieza la narración de la última cena de Jesús, hace este resumen de su vida:

                   “Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”.
                                                                                                (Jn 13, 1-2)

                   Así a los ojos del creyente, la traición de Judas y de los otros discípulos, la detención de Jesús por parte de las autoridades judías, su entrega a los soldados romanos, su acusación de rebelión política, su condena a muerte, su sufrimiento y humillación en la Cruz y su muerte, no son vistos simplemente como un arrebatarle la vida, sino como la plenitud de su amor y de su entrega. Jesús mismo lo dijo:

                   “Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre”.
                                                                                                   (Jn 10,18)

                   El libro del profeta Isaías y el libro de los Salmos ayudaron a los discípulos y a las primeras comunidades a entender el sentido de su muerte:

                   “Él soportó nuestros sufrimientos
                   y aguantó nuestros dolores,
                   nosotros lo estimamos leproso,
                   herido de Dios y humillado”.
                                                                           (Is 53,4).

                   “Mi siervo justificará a muchos,
                   porque cargó con los crímenes de ellos”.
                                                                           (Is 53,11).

                   Por esto no nos ha de extrañar que san Pablo recoja esta profesión de fe tan antigua:

                   “Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado”.
                                                                                                (1Cor 15,3)

                   Esta es la imagen que utiliza Jesús en la última cena, cuando después de haber partido el pan dice a sus discípulos:

                   “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros”.
                                                                                                  (Lc 22,19)

                   Y lo mismo sobre la copa de vino:

                   “Esta es mi sangre, sangre de la alianza derramada por todos”.
                                                                                                 (Mc 14,24)

                   Jesús parte el pan y lo da a sus discípulos. Su vida entregada por nosotros es fuente de vida. Por esto, la Eucaristía, la comunión con el pan partido, es para el creyente fuente y cumbre de su vida de fe.