“¡Jesucristo Ha resucitado!”.
Este es el gran anuncio de
nuestra fe y la gran experiencia salvadora. Hasta el punto que Pablo dice:
“Y si no resucitó Cristo, vacía es nuestra predicación, vacía también
vuestra fe”.
(1 Cor 15,14)
No se trata de una afirmación
del pasado, ni de una simple afirmación sabre Jesús después de su muerte.
Si Cristo no ha resucitado, entonces toda
su predicación y su ejemplo no es sino la palabra y la acción de un gran
maestro espiritual, nada más.
Si Cristo no ha resucitado, entonces Él no
está entre nosotros, acompañándonos, dándonos la fuerza de su Santo Espíritu.
Si Cristo no ha resucitado, la muerte
continúa siendo la última palabra.
Si Cristo no ha resucitado, entonces no
somos hijos de Dios, en el sentido fuerte de la palabra. Y, por tanto, tampoco
somos plenamente hermanos.
Si Cristo no ha resucitado, entonces
tampoco, después de la muerte, nosotros participaremos de su resurrección. Y
como dice Pablo:
“Si los muertos no resucitan, comamos y bebamos, que mañana moriremos”.
(1 Cor 15, 32b)
De la misma manera que para
el creyente, la afirmación de la muerte de Jesucristo es inseparable de la
confesión de su resurrección, así también la confesión de su resurrección es
inseparable de la experiencia de su Santo Espíritu, la experiencia de Cristo
resucitado.
Por eso el Viernes Santo no
hay celebración de la
Eucaristía , hasta que no llega la gran celebración de la resurrección
de Jesucristo con la celebración de la Vigilia Pascual. Y la
celebración de la Pascua
se alargará cincuenta días, hasta el domingo de Pentecostés, celebración de la
donación del Espíritu Santo sobre todos los discípulos y nacimiento de la Iglesia.
La muerte de Jesús es una
muerte salvadora, porque va seguida del don de la resurrección. Esto es lo que
expresa con un lenguaje muy oriental el Símbolo de los Apóstoles cuando dice:
“Descendió a los infiernos”.
Aquí la expresión “a los
infiernos” está indicando “lo profundo de la tierra”, como símbolo del Sheol o
Hades judío, es decir, del reino de la muerte. Jesucristo se sumerge en el
reino de la muerte para romper sus cadenas y liberar a la humanidad.
Esto es lo que expresan los
iconos de la resurrección de Jesús en la iglesias orientales, que presentan a
Jesucristo sacando del reino de la muerte a Adán y Eva, es decir, venciendo a
la muerte y llamando a la vida eterna a todos.
Sí, no tengamos miedo. No
estamos yendo detrás de un Jesús crucificado. Él no se ha quedado cogido por
las cadenas de la muerte, tal como nos lo dijo. Éste el gran anuncio, la gran
experiencia, que nos ha sido transmitida por las primeras comunidades, por los
apóstoles.
No busquemos una
demostración, una prueba palpable. Fijémonos que los Evangelios presentan la
experiencia del Resucitado solamente a aquellos que creen. No es que la fe
construya la resurrección, sino al revés, la manifestación de la resurrección
abre los ojos a la fe:
<<Asustadas, inclinaron el rostro a tierra, pero les dejaron: “¿Por qué
buscáis entre los muertos al que está vivo?. No está aquí, ha resucitado.
Recordad cómo os habló cuando estaba todavía en Galilea, diciendo: Es necesario
que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea
crucificado, pero al tercer día resucitará”. Y ellas recordaron sus
palabras>>.
(Lc 24, 5-8)
La muestra de la resurrección
es la expresión de la fe, la experiencia de la alegría, la experiencia del
amor. Los apóstoles decían a Tomás:
“Hemos visto al Señor”
(Jn 20,24a)
Este es el gran don de la
resurrección. Jesucristo ha muerto en la Cruz y ha resucitado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario