miércoles, 27 de febrero de 2013

El Rosario de las Flores.


El Rosario de las Flores.

Reina de consolación, alegría y gozo nuestro
Danos gracia y perfección para que con devoción
Declare el rosario vuestro.

En vuestro rosario santo florecieron quince rosas.
Cinco fuero gozosas y cinco de pena y llanto y
Las otras cinco gloriosas.

La primera fue gozosa cuando el verbo se encarnó,
La otra segunda rosa fue cuando Isabel gozosa en su misma casa ungió,
La tercera que en Belén quedando Virgen pariste y
La cuarta fue también cuando Cristo, Sumo Bien, en el templo lo ofreciste,
La quinta que entre doctores lo hallaste el tercer día,
Y aquí acaban las flores, cogieron más alegría y empiezan las de dolores.

La primera que sudó sangre el señor en el huerto
La segunda que sufrió azotes con que fue abierto y su sangre derramó,
La tercera que sufrió ser de espinas coronado y
La cuarta condenó Pilato  a Cristo mandó que muriera crucificado
Y la quinta que por nos espiró Cristo enclavado,
Y aquí las cinco acabaron y por dar un con sabor las cinco de gloria entraron.

La primera fue aquel día en que Cristo resucitó
La segunda que subió al cielo y a su diestra se sentó.
La tercera que bajó del cielo su santo espíritu al suelo
Y la cuarta coloco Dios en el reino del  cielo
Y la quinta lo corono.

Después que se coronó la emperatriz de los cielos a la tierra se bajó
Con un rosario en la mano y a Santo Domingo habló.

A Domingo apareciste con muy entero contento y las cuentas le leíste lo mismo que yo te las cuento, diciendo: Domingo amado solo por darte bajé este rosario sagrado de quince rosas cercado que fue las que te conté.

A quien devoción tuviera, este rosario sagrado y devoto me rezara, lo tendré siempre a mi lado y a la hora de la muerte del enemigo salvado. En esto que yo te digo en mi nombre confiaras diré a mi hijo que perdone tus maldades que de gloria te corone le suplicaré también y que seas acompañado de los ángeles amen, Salve.

Salve pura maravilla
Salve clavel encanado
Salve jazmín blanqueado
Salve nardo que mas brilla
Salve estrella noche y día
Salve fin, salve María
María que es bella Aurora
María que es gran Señora
María hija del Padre
María del hijo Madre
María mística Rosa
María del amor Esposa

Jesús que nombre tan tierno
Jesús que tiembla el infierno.

Este rosario que hemos rezado se lo ofrecemos a la Santísima Virgen que es Reina Pastora para que nos guarde y nos libre hasta el fin de nuestra hora, AMEN.

jueves, 21 de febrero de 2013

4.- “Y POR NUESTRA CAUSA FUE CRUCIFICADO EN TIEMPOS DE PONCIO PILATO; PADECIÓ Y FUE SEPULTADO”


Toda la vida de Jesús fue una entrega de amor a las personas que tenía a su alrededor y a toda la humanidad, y a una continua común-unión con Dios Padre en la oración y en la intimidad del corazón.

                   De la vida de Jesús lo que sabemos de una forma bien segura es su muerte en la Cruz, en tiempos del gobernador romano Poncio Pilato. Esto lo recogen no sólo los cuatro Evangelios, sino también las profesiones de fe más conocidas.

                   No deja de ser importante subrayar que la muerte de Jesús, crucificado, bajo Poncio Pilato, se encuentra también documentada en el historiador judío Flavio Josefo, de finales del siglo I y en el historiador romano Tácito, de principios del siglo II. Precisamente el año 1.961 se encontró en Cesarea Marítima, ciudad de Palestina donde estuvo situada la sede del gobernador romano en tiempos de Jesús una inscripción que decía en latín: “Poncio Pilato, prefecto de Judea”. Se sabe que Poncio Pilato fue gobernador de Judea desde el año 26 hasta el año 36.

                   La muerte de Jesús en la Cruz fue la consecuencia de toda su vida. Si abrimos los Evangelios vemos a Jesús predicando la proximidad del Reino de Dios, expresión del amor de Dios, que se acerca a la humanidad para liberarla de la injusticia; de la falta de solidaridad y de la lejanía de Dios. Por eso la gente se asombraba:

                   “Llegan a Cafarnaún. Al llegar el sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar. Y quedaban asombrados de su doctrina porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas”.
                                                                                             (Mc 1, 21-22)

                   Encontramos también a Jesús cerca de los marginados y de los enfermos. Los episodios que recogen los Evangelios no son casos puntuales, sino todo lo contrario, imágenes de lo que Jesús era. Cuando la Ley mandaba que los leprosos viviesen en las afueras de las poblaciones y gritando, para que ninguno se acercase a ellos, Jesús acoge a los leprosos, va a casa de los publicanos y pecadores, defiende a la mujer condenada a muerte.

                   De tal forma que ante Jesús hasta los ciegos ven, los sordos oyen y los muertos resucitan. Jesús indica así su criterio de actuación:

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                                                                                           (Mt 20, 24-28)

                   Por esto cuando el Evangelio de san Juan empieza la narración de la última cena de Jesús, hace este resumen de su vida:

                   “Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”.
                                                                                                (Jn 13, 1-2)

                   Así a los ojos del creyente, la traición de Judas y de los otros discípulos, la detención de Jesús por parte de las autoridades judías, su entrega a los soldados romanos, su acusación de rebelión política, su condena a muerte, su sufrimiento y humillación en la Cruz y su muerte, no son vistos simplemente como un arrebatarle la vida, sino como la plenitud de su amor y de su entrega. Jesús mismo lo dijo:

                   “Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo; esa es la orden que he recibido de mi Padre”.
                                                                                                   (Jn 10,18)

                   El libro del profeta Isaías y el libro de los Salmos ayudaron a los discípulos y a las primeras comunidades a entender el sentido de su muerte:

                   “Él soportó nuestros sufrimientos
                   y aguantó nuestros dolores,
                   nosotros lo estimamos leproso,
                   herido de Dios y humillado”.
                                                                           (Is 53,4).

                   “Mi siervo justificará a muchos,
                   porque cargó con los crímenes de ellos”.
                                                                           (Is 53,11).

                   Por esto no nos ha de extrañar que san Pablo recoja esta profesión de fe tan antigua:

                   “Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado”.
                                                                                                (1Cor 15,3)

                   Esta es la imagen que utiliza Jesús en la última cena, cuando después de haber partido el pan dice a sus discípulos:

                   “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros”.
                                                                                                  (Lc 22,19)

                   Y lo mismo sobre la copa de vino:

                   “Esta es mi sangre, sangre de la alianza derramada por todos”.
                                                                                                 (Mc 14,24)

                   Jesús parte el pan y lo da a sus discípulos. Su vida entregada por nosotros es fuente de vida. Por esto, la Eucaristía, la comunión con el pan partido, es para el creyente fuente y cumbre de su vida de fe.




Imagen de Fátima, venida en julio de 1948







Imagen de Fátima, venida en julio de 1948 desde el Santuario en Portugal,  trasladada  a esta Parroquia el 13 de noviembre de 2011, por la Hermandad de Nuestra Señora de Fátima, para su guarda y custodia, así como para su veneración y culto.


jueves, 14 de febrero de 2013

3.- “POR OBRA DEL ESPÍRITU SANTO SE ENCARNÓ DE MARÍA, LA VIRGEN, Y SE HIZO HOMBRE”.


3.- “POR OBRA DEL ESPÍRITU SANTO SE ENCARNÓ DE MARÍA, LA VIRGEN, Y SE HIZO HOMBRE”.

                   ¿Cómo expresar que Jesús, un hombre como nosotros es Dios entre nosotros?. Dios se ha acercado a nosotros y se ha hecho uno de nosotros, para que nosotros participemos de Él. Dios ha bajado hacia nosotros, para hacernos subir hacia Él.

                   Las imágenes en nuestra mente son siempre limitadas, pero quieren expresar la realidad profunda, que sólo la experiencia puede palpar. La profesión de fe (Credo) del Concilio de Nicea lo dice así:

                   “Que por nosotros los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre”.

                   Es la expresión de aquello que dice el prólogo del Evangelio de Juan:

                   La Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros”.
                                                                                                   (Jn 1,14).

                   De esta forma el Hijo de Dios se ha hecho también el Hijo del hombre, modelo y plenitud de la vida humana, para que nosotros seamos hijos de Dios. Esta nueva creación es nuestra verdadera salvación. La luz de Dios nos ilumina.

                   Por esto el Evangelio de Juan dice:

                   “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”.
                                                                                                    (Jn 3,16).

                   Y su primera carta:

                   “En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios mandó al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él”.
                                                                                                   (1 Jn 4,9).

                   Esta es la experiencia profunda de la realidad más llena de luz: Dios nos ama, se nos manifiesta, nos une a Él y nos transforma en Él. Esta es la plenitud del amor, transformar el amado en aquel mismo que ama. El amor de Dios quiere transformarnos de tal forma que, habiendo experimentado su amor sin límites, seamos nosotros capaces también de salir de nosotros mismos y de amar a los demás, como Él nos ama.

                   Es el inicio de la nueva creación, el Espíritu Santo ha iniciado una realidad nueva, que es la presencia misma de Dios entre nosotros. Por esto, cuando los Evangelios hablan del origen de Jesús no lo pueden situar simplemente en la dimensión humana.

                   Nosotros, los creyentes, los hijos de Dios:

                   “No han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios”.
                                                                                                    (Jn 1,13).

                   Pues mucho menos podemos situar a Jesús humanamente, sino que es encarnado, se ha hecho hombre por obra del Espíritu Santo, que es Amor, nacido de María Virgen.

                   Así lo expresa en su reflexión de fe el Evangelio de Lucas cuando pone en boca del ángel Gabriel estas palabras dirigidas a María, cuando ésta le pregunta cómo puede ser un hijo suyo Hijo del Altísimo:

                   “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que va a nacer, se llamará Hijo de Dios”.
                                                                                                  (Lc 1,35).

                   La concepción de Jesús por obra del Espíritu Santo en el seno de María Virgen, no es un lenguaje metafórico, influenciado por las mitologías paganas, para expresar que es el Hijo de Dios. Desde los primeros siglos del cristianismo ha habido burlas de los no creyentes, que ha llegado hasta querer insinuar una concepción pecaminosa hasta el día de hoy (Código…..Vinci….etc).

                   A finales del siglo I, Ignacio de Antioquía escribe en sus cartas que la falta de fe “ignora la virginidad de María”, es decir, la obra del Espíritu Santo.

                   El Evangelio de Mateo lo ve como la gran señal anunciada por el profeta Isaías al rey Acaz, indicando que Dios no ha abandonado a su pueblo:

                   “El Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: La virgen está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel (que significa Dios con nosotros)”.
                                                                                                   (Is 7,14).

                   Rufino, escritor antiguo, nos escribe:

                   “Quien en el cielo es el Hijo único, también en la tierra hace único y de forma única”.

                   Por esto, hagamos nosotros como los pastores, que en la noche de Navidad, vieron todo lo que les había sido anunciado por los ángeles. Como los Magos de Oriente, que postrándose ante el Niño, lo adoraron. De la misma forma que sabemos contemplar a Cristo resucitado, así hemos de saber contemplar el misterio del nacimiento de Jesús, la manifestación de Dios entre nosotros. Porque como dice la Carta a Tito:

                   “Ha aparecido la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor al hombre”.
                                                                                                     (Tt 3,4).

                   Es lo que los ángeles anunciaron a los pastores:

                   “Hoy os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”.
                                                                                                  (Lc 2,11).


domingo, 10 de febrero de 2013

LLEGADA A MÁLAGA DE LA IMAGEN DE NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA











FOTOGRAMAS





























Recibimiento apoteósico.
La Virgen de Fátima llegó ayer a Málaga, entre el estruendo marcial de las salvas del cañonero que la trajo, el saludo de las sirenas y el clamor de la multitud. Fue un  recibimiento apoteósico digno de esta Virgen viajera, que lleva a las multitudes el consuelo de su visita, constelada de un cortejo de lágrimas. Málaga la ha recibido con el fervor mimo que otras poblaciones españolas.
Hemos visto la emoción reflejada en rostros rudos, atezado, al contemplar la pequeña imagen, porque la fe ha removido los fondos más escondidos de todo corazón y de toda conciencia. En estas horas miles de enfermos dirigen sus miradas suplicantes a la madre Blanca: miles de cuerpos lacerados por todas las dolencias y todos los martirios de la carne, aguardan ser tocados de la divina gracia. Enfermos de aquí de la cuidad; enfermos de la provincia es inacabables caravanas de dolor, pero guiados por una fe luminosa esperan a postrarse delante de la Virgen de Fátima, por si Dios es servido de hacer con ellos, por la intercesión de la Virgen, un milagro que alivie o cure sus males. No sería el primero que hiciese en Málaga, donde ya hace años un pequeño curó gracias al agua de Fátima.
Pero el gran milagro, el milagro que todos nosotros hemos visto ayer, ha sido la de esa prodigiosa remoción de la fe de todo un pueblo, que ha aguardado en el puerto y en las calles a la imagen, para hacerle ofrenda de su entusiasmo y de su fervor. Milagro ha sido la vibración unánime, compacta; las aclamaciones que lanzaban todas las gargantas, la emoción reflejada en todos los semblantes y el rezo del gentío y el volar de las palomas en la tarde malagueña y el voltear de los sonoros bronces… porque ha sido un concierto armonioso sin ningún fallo; la expresión rotunda, clara, enardecida, de todo un pueblo postrado a los pies de la Virgen de la Cova de Iria, mensajera de la paz dulcificadora de males, pañuelo de lágrimas, diana de súplicas, amparadora de peticiones y madre de afligidos. Málaga la ha recibido en apoteosis y ya el primer milagro de fervor y enardecimiento está logrado por la gracia de su dulzura.
(Noticia del periódico de la época)


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El verano malagueño se vio alterado por un acontecimiento que congregó en las calles a decenas de miles de personas. El motivo no fue otro que la presencia de la Virgen de Fátima. La imagen llegó al puerto a bordo del cañonero 'Cánovas del Castillo'. Era el 15 de julio de 1948. El acto estuvo presidido por el obispo de la diócesis, Ángel Herrera Oria; el gobernador civil accidental, Baltasar Peña Hinojosa, y el alcalde accidental, Carlos Loring. Tras el desembarco, la Virgen de Fátima recorrió las calles, entre flores, el fervor popular y la suelta de palomas, camino de la Catedral, donde fue velada durante toda la noche.
Al día siguiente se ofició en el paseo del Parque una misa de impedidos a la que asistieron 2.000 enfermos. Varios de ellos tuvieron que ser asistidos por médicos, puesto que aseguraban que habían experimentado una gran mejoría gracias a la presencia de la Virgen. Según se recoge en la prensa de la época, el sacerdote José González Moreno, de 76 años, se curó de forma 'milagrosa' después de haber permanecido ocho años en una silla de ruedas a causa de una esclerosis múltiple. Testimonios de personas que vieron el hecho indicaron que el religioso se puso en pie y empezó a caminar cuando la imagen pasó junto a él durante una visita a la parroquia de San Juan.

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jueves, 7 de febrero de 2013

“CREO EN UN SOLO SEÑOR, JESUCRISTO, HIJO ÚNICO DE DIOS”




Si podemos decir a Dios “Padre nuestro” es sólo porque Jesús nos lo ha enseñado, es decir, porque nos une a Él en la oración y nos ha hecho, en Él, hijos de Dios. El cristiano lo es porque contempla a Dios en Cristo.

                   Jesús es el Ungido por el Santo Espíritu de Dios (esto es lo significa “Cristo” en griego), es decir, aquel que tiene plenamente el Espíritu Santo. Por esto las comunidades cristianas, desde un principio, han confesado a Jesucristo como Hijo de Dios, es decir, la manifestación de Dios entre nosotros.

                   Es cierto que la expresión “hijo de Dios” se puede utilizar en el sentido de una persona santa, muy cercana a Dios, única en su relación con Dios. Pero el sentido que le dan los Evangelios, Pablo y la fe de la Iglesia es de una forma totalmente nueva. Cuando Pedro dice a Jesús:

                   “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”.
                                                                                                 (Mt 16,16)

                   Jesús le contesta claramente:

                   “Eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo”.
                                                                                                 (Mt 16,17)

                   Por esto las autoridades judías buscaban matarlo, porque:

                   “Llamaba a Dios Padre, haciéndose igual a Dios”.
                                                                                                   (Jn 5,18)

                   De esta forma, el apóstol Tomás, cuando contempla a Jesús resucitado, cae a sus pies y le dice:

                   “¡Señor mí y Dios mío!”.
                                                                                                  (Jn 20,28)

                   Pablo de Tarso, una vez convertido, se pondrá a predicar:

                   “Afirmando que Jesús es el Hijo de Dios”.
                                                                                                 (Hch 9,20)

                   De tal forma que la comunidad creyente podrá decir que:

                   “Hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre”.
                                                                                                     (Jn 1,14)

                   A principios del siglo IV hubo un predicador muy popular, llamado Arrio, que era presbítero de la Iglesia de Alejandría. Decía que Jesucristo no es propiamente Dios, sino sólo un hombre muy cercano a Él. Por esto, la profesión de fe del Concilio de Nicea tuvo que proclamar solemnemente que, para los cristianos, Jesucristo es el Hijo Unigénito de Dios en el sentido de:

                   “Nació del Padre antes de todos los siglos:
                   Dios de Dios,
                   Luz de Luz,
                   Dios verdadero de Dios verdadero,
                   engendrado, no creado,
                   de la misma naturaleza que el Padre,
                   por quien todo fue hecho”.

                   Se nota en la reiteración de expresiones el deseo de dejar muy clara la fe que los cristianos hemos recibido de las primeras comunidades de los apóstoles. No se trata de demostrar a quien no está convencido, sino de mantener la fidelidad a la fe recibida.

                   En el corazón de la catequesis encontramos siempre, esencialmente, una persona, no una simple doctrina: la persona de Jesús de Nazaret, Hijo único del Padre. En Él somos conducidos al amor del Padre en el Espíritu Santo, para hacernos participar de la vida de la Santísima Trinidad.

                   Este es el sentido que damos los cristianos a la expresión el Señor cuando confesamos a Jesucristo como el Señor. Si los romanos llamaban al emperador “Dominus noster, Señor nuestro”, en el sentido de aquel que está por encima de todos y lo puede todo, los primeros cristianos proclamarán que el Señor es Jesús y no el emperador ni el imperio romano. El libro del Apocalipsis, escrito durante la persecución de Diocleciano, a finales del siglo I, proclama a Jesús:
                  
                   “Rey de reyes y Señor de señores”.
                                                                                                (Ap 19,16)

                   Pero la afirmación de fe de Jesús como Señor va aún más allá. El texto griego del Antiguo Testamento substituía las cuatro letras (el tetragrama sagrado) del nombre de Dios por la expresión “Señor”, siguiendo la costumbre de los mismos judíos hebreos. De esta forma, cuando el Nuevo Testamento confiesa a Jesús como el Señor, le está reconociendo como Dios verdadero. Este es el reconocimiento de Tomás, como he dicho antes, cuando adora a Cristo resucitado diciendo:

                   “¡Señor mío y Dios mío!”.
                                                                                                  (Jn 20,28)

                   Y el discípulo amado (Juan) cuando exclama:

                   “¡Es el Señor!”.
                                                                                                     (Jn 21,7)

                   ¿Cómo es posible esta confesión de fe?. Pablo lo afirma muy claramente:

                   “Nadie puede decir: Jesús es Señor, sino es bajo la influencia del Espíritu Santo”.
                                                                                               (1 Cor 12,3)

                   Reconocer a Jesús como Señor es afirmarlo Dios en medio de nosotros. Sólo el Espíritu Santo puede poner en nuestros labios y en nuestro corazón esta fe.


ver página: Eugenio Gastey.  El Credo es el resumen de nuestra fe